Esta noche han venido a quemar mi templo vestidos con disfraces ridículos y les he vendido fuego a cambio de opio. No quería estar triste, así que no estaba triste; no quería mirar, así que no miraba. Solo oía la madera crujir y reía viciosamente.
Por la mañana, únicamente quedaban la inmundicia y un sentimiento de abandono que me abrasaba las entrañas y devoraba mi nervio. Permanecí inmóvil hasta que cayó la tarde; veía pasar el tiempo como un transeúnte obeso que intenta engullir la vida ignorando que cada vez que respira se consume el doble de rápido.
A media noche, la zozobra desapareció y pude advertir el avance de los payasos, que volvían para bailar sobre las cenizas. Les vendí el solar a cambio de un disfraz y comencé a bambolearme con la esperanza de ser feliz gracias a la química.